Joaquín Sabina y el arte de escribir cicatrices

Sabina

Se dice que para escribir como Sabina hay que haber vivido tres vidas y haber muerto al menos un par de veces. Joaquín es el cronista de la España que no sale en las postales: la de los bares que cierran tarde, la de los amores de una noche y la de los corazones que se rompen con el ruido de un cristal roto. No es solo un cantante; es un poeta que decidió que la guitarra era el mejor vehículo para sus sonetos.

Cada vez que escucho «19 días y 500 noches», me asombra su capacidad para transformar el despecho en una celebración. Sabina nos ha enseñado que no pasa nada por estar «en las malas», que las cicatrices son medallas y que siempre hay una rima esperando al final de una botella de tequila. Su voz, cada vez más rasgada por el tiempo y el humo, es el eco de una generación que aprendió a soñar en libertad. Es nuestro Leonard Cohen castizo, un tipo que nos recuerda que la vida es un baile sobre un alambre, y que lo importante es no perder el ritmo.


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