The Cure

Hay conciertos que se ven y conciertos que se padecen… y luego están los que te transforman. Recuerdo aquel festival donde el cielo decidió que el setlist de Robert Smith necesitaba efectos especiales naturales. En cuanto empezaron los acordes góticos de «Plainsong», una lluvia fina pero constante empezó a caer. Al principio, la gente buscó refugio, pero pronto ocurrió algo mágico: todos nos rendimos al agua.

Ver a Robert Smith, con su pelo despeinado y su maquillaje corrido por la humedad, cantando «Lovesong» mientras estábamos empapados hasta los huesos, creó una atmósfera de melancolía colectiva que no he vuelto a sentir. La lluvia actuaba como una cortina que nos aislaba del resto del mundo, dejándonos a solas con las texturas densas y oníricas de The Cure. No había móviles grabando, solo miles de personas bailando bajo el agua en un trance gótico. Salí de allí tiritando, con las zapatillas destrozadas por el barro, pero con la sensación de haber presenciado un evento que rozó lo religioso.

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