David Bowie: El hombre que cayó en mi tocadiscos

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Si la música fuera una religión, Bowie sería su profeta más enigmático. Mi primer encuentro con él no fue un descubrimiento, fue un impacto. Ver la portada de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars fue como mirar un mapa de una galaxia desconocida. ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Era un alienígena? La respuesta era «sí» a todo.

Bowie nos dio a todos los «raros» el permiso para ser nosotros mismos. A través de sus múltiples pieles —desde el Mayor Tom hasta el Duque Blanco— nos enseñó que la identidad es un lienzo en blanco. Escuchar «Heroes» hoy en día sigue dándome escalofríos; esa progresión de sintetizadores y la voz de David rompiéndose al final es, posiblemente, el momento más humano de la historia del pop. Su legado no son solo sus canciones, sino la idea de que el arte debe ser una búsqueda constante, un riesgo permanente. Bowie no murió, simplemente decidió que este planeta ya no tenía más secretos que ofrecerle y regresó a su estrella.

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